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jueves, 30 de enero de 2014

Gerontofobias y filias

Hubo una vez, en el reino feisbuquero de Rafapalandia, un no tan joven, ni tan apuesto gañán. En realidad era el clon más gacho de Orlando el Furioso. Se había ganado a pulso que le dijeran Jauriume Borlote Merolico por los zafarranchos que armaba todos los días. Fue desterrado debido a que se las daba de garañón y quiso arrear hasta con el administrador. 

Vagó por todos los confines de la web y un día, llegó al palacio de la Condesa de Chilangolandia. Ahí tuvo lugar el gran derrame de bilis. Pintó las murallas del castillo con grafitis de todos colores y expresiones, hasta que la señora de la casa, aburrida, lo quitó de su lista de amistades.

Tiempo después, volvieron a agregarse, pero entonces, la Condesa vio con qué saña Jauriume achantaba a la gente de otros países. Comenzó a telegrafiar a los contrincantes y enseñarles los puntos débiles de aquel grandísimo troll. Desde entonces están en guerra, la Condesa lo ha descobijado más de una vez y colorín colorado, que este cuento no ha acabado.



miércoles, 28 de agosto de 2013

Los retratos de un Dorian Gray*

Esa calvicie no tan prematura, la tez morena y el luto que le daban la sudadera negra y el pantalón azul marino, lo hacían parecer un cuervo con gafas.

Ella, con su cámara lista, sólo veía la expresión alegre, pero sin saber capturó el toque de amargura de los labios enmarcados por una barba de dos o tres días.

El obturador sonó y con ello atrapó la puerta cerrada detrás, negra también, en contraste con mosaicos blancos, alacenas refulgentes, un fregadero impecable y las toallas acomodadas.

Al otro día, a primera hora, dieron, por fin, un paseo. Él consintió en ponerse una playera roja. No parecía gustarle que fuera un día tan espléndido. Se detuvo a posar junto a una barranca.

El miedo al vacío impidió que ella tomara la foto de frente. Él salió, por lo tanto, a la izquierda, como si no quisiera estar ahí. Ella no se detuvo a mirar que fue rechazada; quiso retratar al viento, pero él no se movió.

Ya transcurrieron nueve años; ha cobrado más importancia el paisaje. Él, se antoja como un pegoste y ella, por eso, lo dibujó: con el cabello entrecano, con la mirada sonriente. Le inventó una cenefa amarilla a esa sudadera negra para quitarle lo cuervo. Ella lo recuerda vivo, pero él está agonizante. Ella lo imagina entero, pero él está dividido. Ella lo reclama suyo, pero él no la quiso amar.